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Deportación masiva Gran Depresión; de perdón y olvido (OPINION)

La suerte que corrió la familia de Ramona fue la misma de otros dos millones de personas de origen mexicano que fueron expulsados de Estados Unidos entre 1929 y 1944, durante la Gran Depresión.

Ramona Espinosa tiene una de las sonrisas más bonitas que he visto. Una sonrisa amplia, de dientes grandes, acompañada por ojos que brillan como si siempre estuviera feliz. En su rostro, cada uno de sus 86 años ha dibujado una arruguita sobre la piel, de manera que cuando uno la ve de cerca es como si leyera un mapa, el mapa de su vida. Bajita, elegante, con un traje rojo de dos piezas, las manos con las cuales acompaña su relato son otra evidencia de una vida intensa.

Ramona nació en San Dimas, California, en 1926. La bautizaron en la iglesia de la Placita Olvera, en el corazón de Los Ángeles, y vivió durante su infancia en East L.A. Su madre llegó a California en 1922 y aquí nacieron también sus tres hermanas. Sin embargo en 1932, el gobierno estadounidense giró una orden a nombre de su familia diciéndoles que tenían que abandonar el país, so pena de ser arrestados y deportados.

La suerte que corrió la familia de Ramona fue la misma de otros dos millones de personas de origen mexicano que fueron expulsados de Estados Unidos entre 1929 y 1944, durante la Gran Depresión, en lo que se conoce como la repatriación mexicana de la década de los 30. Las cifras de desempleo se disparaban, y la comunidad mexicoamericana se volvió blanco fácil para quienes buscaban a un culpable por esta situación. Se estima que 1.2 millones de esos repatriados eran de hecho ciudadanos estadounidenses, y que 400 mil de los expulsados vivían en el estado de California. Una gran parte de ellos, aún habiendo nacido en Estados Unidos, nunca pudo volver para reclamar sus derechos, principalmente por razones económicas.

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Ochenta años después, Ramona y algunas otras personas presenciaron un momento que muchos de los presentes calificaron como histórico: en La Plaza de la Cultura y las Artes, justamente en el centro de Los Ángeles, el 26 de febrero se develó un monumento para conmemorar la salida forzada de mexicoamericanos a manos de autoridades migratorias, y representantes de los tres niveles de gobierno coincidieron en la denuncia del vergonzoso episodio. Con una elección presidencial en puerta, con los argumentos proinmigrantes apenas sobreviviendo ante la embestida de la precampaña republicana, y con la escandalosa cifra de deportaciones que reporta la administración Obama –un promedio de 400 mil por año-, lo que buscaba ser una ceremonia de perdón y memoria, se convirtió en una dolorosa evidencia de que esta generación ha olvidado su historia. Y como es sabido, un pueblo que la olvida está condenado a repetirla.

Ramona tenía seis años cuando su familia tuvo que abandonar el país. Sus hermanas tenían cuatro y dos, y venía con ellos también su hermano, que más tarde iría a pelear a Corea. La familia se asentó en Mexicali, en donde los niños crecieron y fueron a la escuela. Ramona lamenta profundamente no haber podido estudiar en Estados Unidos: volvió a los 22 años, ya casada, pero nunca pudo aprender inglés con la fluidez con la que le hubiera gustado.

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Una vez viviendo en México, las hermanas Espinoza aprendieron lo que era ser mano de obra de ocasión: cruzaban periódicamente la frontera para trabajar en el campo al otro lado cuando se necesitaban trabajadores. “Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, hubo personas que fueron a tocarnos a las casas para llevarnos a trabajar a los ‘files’”, dice refiriéndose a los campos de cultivo. “Yo nunca oí una disculpa, nunca nos dijeron nada, pero sabían perfectamente en dónde estábamos todos, en qué zona de Mexicali, y hasta allá nos iban a tocar la puerta cuando se necesitaba”. Ramona trabajó en los viñedos, desde el cultivo y la cosecha de uva hasta la producción de pasa y vino. Y así, un día volvió a Los Ángeles. Pero no todos lo hicieron; hubo quienes dejaron atrás sus casas, sus pertenencias, y nunca se supo más de ellos. “Yo ahora pienso, ¿quién se quedó con las casas de quienes no pudieron volver, de quienes teniendo todo aquí tuvieron que pasar hambre?”. Hoy es sabido que muchas de las propiedades de esas familias fueron vendidas por autoridades locales como un “pago” por los gastos de transporte de los expatriados a México.

Mientras Ramona y otros sobrevivientes de aquel momento develaban el monumento conmemorativo y se tomaban fotos, algunos describían éste como un momento feliz. Pero ella asegura que no es así. “Yo no estoy contenta, ¿cómo puedo estarlo si veo cómo están separando a las familias? Yo pasé por eso y entiendo los problemas que está viviendo la gente, yo veo que todavía lo están haciendo”, dice con seriedad, indignada. “Por eso estoy hoy aquí, contando mi historia”.

Al ver a Ramona cargando con todos esos años, con toda esa injusticia, con tanta historia olvidada, no pude evitar pensar: ¿Cuántos años más tendrán que pasar para que nuestra generación, los que hoy vemos cómo en nuestra comunidad se separa a las familias, empecemos a recordar? ¿Tendremos que esperar otros 80 años para que a los niños hoy deportados alguien les pida perdón?

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